Zocodover. Homenaje Comuneros 2011

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domingo, 22 de abril de 2018

23 de Abril


23 DE ABRIL (originalmente publicado en 2012 en www.asc-castilla.org) 


El próximo lunes 23 de Abril es el día de Villalar, día en que se conmemora la lucha de los comuneros castellanos frente a las tropas del Emperador Carlos V. Es, por tanto, un día importante para nuestro pueblo, porque en aquella guerra para conseguir un sistema parlamentario (el primero del mundo) murieron muchos castellanos, así como también leoneses, andaluces y murcianos, que se levantaron en cada zona para oponerse al régimen cesarista impuesto con el golpe de Estado de Carlos V en 1516, auto-proclamándose en Flandes como Rey de Castilla y de Aragón (así como del resto de reinos peninsulares a excepción de Portugal). Golpe de Estado que provocó un disgusto tremendo al cardenal Cisneros y a todos los pueblos peninsulares, especialmente a leoneses y castellanos, quienes con más fuerza se levantaron contra la tiranía. Sin embargo junto a esta conmemoración es preciso también recordar que Villalar debería ser la reunión de muchas personalidades y sentimientos, no solo el castellano, que se invoca tradicionalmente. La guerra de las Comunidades no fue un hecho específicamente castellano (a pesar de ser los castellanos quienes lo encabezaron), sino más bien un hecho que, con episodios en Andalucía, Murcia, Extremadura y Álava, junto a las germanías de la Corona de Aragón, constituyen una eclosión de rebelión generalizada de los peninsulares ante el nuevo cesarismo imperante y de cuño germano-flamenco. Por ello, desde la Asociación Socio-Cultural Castilla queremos celebrar esta conmemoración como lo que fue: una lucha de muchas gentes para alcanzar un sistema más justo, más popular y menos absoluto. Asimismo, queremos constatar que Castilla, como personalidad histórica, conjunción de voluntades y sentimientos, y como cristalización de unos hechos históricos concretos, puede y debe tener unos símbolos y celebraciones específicamente suyos, amén de los fenómenos compartidos con otras zonas.


También hemos constatado cómo en los últimos años una conmemoración esencialmente popular y de reivindicación se ha transformado en un día autonomista, monopolizado por la comunidad autónoma de Castilla y León, quien con sus televisiones, fundaciones, partidos políticos y agentes sociales tergiversa la Historia y los acontecimientos, habiendo ya manipulado la propia celebración, de tal forma que prácticamente no se reconoce su significado original. Es por ello que en estos días en que recordamos a Juan de Padilla, María Pacheco, Juan Bravo, Alonso de Arreo y otros luchadores por un parlamentarismo más justo y un futuro mejor, también hemos de tener presente varias ideas: -Las autonomías no existían en 1521, y desde luego una conmemoración tan antigua no ha de servir ni ser tenido como una fiesta autonómica, a despecho de manipular vilmente los acontecimientos históricos. -Los héroes comuneros, ya sean de la zona que fueren, merecen que sus respectivos pueblos conmemoren ese día y esa lucha, que no fue, como nos pretenden hacer creer, una lucha por la identidad castellana, sino un empeño transversal con un marcado carácter social, que provocó el levantamiento de diversos pueblos contra la tiranía. Castilla como pueblo no puede ni debe monopolizar un fenómeno histórico que no le pertenece en exclusividad, ni arrogarse la medalla de una lucha que responde a un esfuerzo transversal y conjunto de muchos pueblos en ambas coronas peninsulares frente al cesarismo. -Castilla necesita unos símbolos unívocos y propios, además de las conmemoraciones conjuntas. ¿Por qué se ha abandonado a Fernán González? ¿Por qué no se conmemora al Cid? ¿Qué hay de la obra de Alfonso VIII, verdadero forjador de Castilla y uno de los mejores rectores que ha tenido nuestra tierra jamás? En consecuencia, celebremos con alegría el próximo lunes la lucha de esas gentes comuneras, teniendo presente su verdadero significado histórico en pos del parlamentarismo, la igualdad y un modelo justo, así como aumentemos en el futuro la atención que prestamos a hechos o símbolos específicamente castellanos, no reivindicados por nadie, que merecen sin duda convertirse en un futuro no lejano en verdaderos iconos de la personalidad castellana y de la celebración que no se ha conmemorado nunca: la de los forjadores de nuestra identidad. Feliz 23 de Abril (publicado por la Junta Nacional de la Asociación Socio-Cultural Castilla) )

sábado, 24 de marzo de 2018

En Castilla también hubo foralismo.

Aparecido en el blog Breviario Castellano
http://breviariocastellano.blogspot.com.es/2007/11/foralismo-castellano-res.html

La escasa historia moderna de lo que se podrían denominar eventos políticos autóctonos castellanos, ha venido a privilegiar alguno de los fastos históricos que si bien de escasa trascendencia no deja de ser digno de ser reseñado, Concretamente es el caso del Pacto Federal Castellano de 1869, que se puede consultar en Internet y que ha sido reeditado recientemente, y que sin duda es la base de reivindicación territorial, 17 provincias, de algunas agrupaciones políticas actuales de cuño pancastellanista. Solo como una invitación a la reflexión conviene recordar que se refiera a un acontecimiento de hace 131 años, e inspirado en el federalismo de Pi y Margall, político entusiasta del pensamiento utópico francés del siglo XIX, e incluso traductor de alguna de sus figuras más señeras como fue el caso de Proudhom. Innecesario recalcar que tal pensamiento utópico y abstracto hizo escasa mella en aquellas regiones, bien caracterizadas históricamente en su delimitación geográfica en el Antiguo Régimen hasta principios del siglo XIX, que sufrieron una merma casi absoluta en sus derechos forales y en sus características propias, es decir Castilla la Vieja, Castilla la Nueva y León. Ahora bien ese minúsculo "casi" es el hilo de Ariadna que convendría retomar con el fin de tener alguna probabilidad de éxito en la lucha contra ese monstruo del laberinto, que es el estado moderno – o sus sucedáneos autonómicos- fagocitador y castrante, ese Minotauro abstracto y frío, dios celoso y vengativo que exige el sacrificio y entrega de sus fieles.

Curiosamente no se hace nunca mención a unos acontecimientos que ocurrieron unos pocos años después en la Primera República, que constituyeron lo que se denominó el movimiento cantonal que ciertamente fue un acontecimiento político bastante asilvestrado y anárquico de poca ejemplaridad y de difícil hagiografía, pero por otra parte una constante en la vida política de la península ibérica desde las tribus celtibéricas a los reinos de taifas, desde el reino de Toro hasta la República Independiente de los Ancares, acontecimiento este último, si bien de escasos días de duración, rigurosamente histórico . El movimiento cantonal tuvo una notable repercusión en Salamanca, mencionado exclusivamente en las historias locales, debido a su carácter non santo. Parece por tanto llegado el momento de investigar en lo posible el movimiento cantonal en las tres regiones históricas antes mencionadas.


Muy anterior a los acontecimientos mencionados fue la última defensa de los exiguos restos del foralismo castellano antes de la irrupción del liberalismo decimonónico. Tal defensa estuvo ligada históricamente a ese potpourrie político que fue el carlismo, y que en variantes distintas se ha mantenido en Castilla hasta el siglo XX. No sería cuestión aquí de simplificar las cosas al grito de carcundas y retrógrados, puesto que, se quiera o no, las libertades forales tradicionales, las singularidades de muchos pueblos ibéricos, fueron defendidas en su momento por el carlismo y no por un liberalismo de corte francés, supuestamente avanzado y progresista . Es bien sabido, por ejemplo, que en la primera guerra carlista, culminada en el Abrazo de Vergara, había batallones castellanos en el bando carlista, como también, conviene recordarlo, batallones vascongados en el bando liberal, los chapelgorri, boinas rojas, del general Echagüe. En estos batallones castellanos había entre otros santanderinos, burgaleses y riojanos. En sus Episodios Nacionales Don Benito Pérez Galdós da una versión con anteojeras de progre decimonónico de estos acontecimientos, donde los carlistas eran llamados los negros, algo así como si hoy se dijera los fachas. Es decir que la pose liberal decimonónica y en parte la actual, considera que eso del foralismo son antiguallas medievales que deben sucumbir ante la libertad general y abstracta que obligatoriamente impone el estado moderno para felicidad de los ciudadanos del común, aviso para navegantes que debe sintonizar todo aquel que se meta en lides de tipo autonomista, regionalista, nacionalista o variantes del mismo jaez. Y hablando de obligatoriedades liberadoras y modernas, Santander, entre otras provincias, tuvo que hacer renuncia a los restos de sus fueros tradicionales al advenimiento del liberalismo. Estos son temas habitualmente relegados al País Vasco, Navarra, Cataluña o acaso Valencia, pero cuidadosamente evitado cuando se trata de Castilla , Reino de Toledo o León, faltaría más, sería como alborotar las ovejas dóciles del rebaño. Solo como testimonio personal a aportar, las únicas críticas políticas radicales escuchadas en la niñez (hace unos 40 años) en pleno franquismo nacional católico, salían de bocas carlistas, verdaderos insultos al sátrapa gallego que impedía tener a la diputación de Ávila las mismas competencias que a la Navarra foral. Queda así por recuperar una importante corriente foralista castellana incorporada en el carlismo, durante muchos decenios la única que hubo en Castilla, para estudiarla e incorporarla en su pleno valor en la herencia de lo que hoy se ha dado en llamar castellanismo.


Más cercano en el tiempo el último acontecimiento autonómico castellano de la primera mitad del siglo XX fue el proyecto de autonomía de Castilla la Vieja, Castilla la Nueva y León en la Segunda República. Pero dejemos la palabra al historiador y recordemos aquellos hechos a través de la pluma de Ramón Tamames :


"Tras el triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, se produjo una auténtica eclosión de peticiones de autonomías regionales, al calor del restablecimiento del estatuto catalán y de la previsión de que a no tardar sería autorizado el del País Vasco".


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"Por su parte, el 20 de mayo inició sus actividades un grupo de diputados agrarios y de la CEDA con vistas a redactar un anteproyecto de estatuto de las dos Castillas y León; si bien no faltaron partidarios de prepararlo únicamente para Castilla la Vieja y León. Más aún, el 9 de junio, el ayuntamiento de Burgos decidió promover un estatuto para Castilla la Vieja exclusivamente. En todos estos intentos, se trataba de conseguir una autonomía tan amplia como la de Cataluña en lo concerniente a cesión de servicios generales, y tan intensa como el proyecto vasco en lo referente a derechos económicos y políticos".
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"Es difícil emitir un juicio sobre la política regionalista de 1931-1936 y que en sus últimos días antes de la guerra civil experimentaba tan poderoso auge de ideas y proyectos. Brevemente podemos sintetizar nuestra opinión sobre tema tan controvertido:

El regionalismo correspondía a una problemática real, como lo anticiparon, en cierto modo, las tres guerras carlistas, en las que Vascongadas, Navarra y buena parte de Cataluña y Valencia habían luchado -cierto que con un complejo trasfondo de contradicciones y confusionismo- por sus antiguas libertades. Por tanto, durante la República no se inventó nada nuevo. Sólo se recogía un legado de problemas irresueltos y exacerbados por el centralismo".

(Ramón Tamames .Historia de España Alfaguara VII, La República. .La era de Franco. Alianza Universidad. Madrid 1983 ,pp189,191)



Llama la atención que en aquellos tiempos los castellanos, incluso los de derechas, tenían unas pretensiones autonómicas en plenitud e intensidad bastante mayores que las que manifestaron a la muerte del sátrapa gallego; sin duda las cosas han ido para atrás en este aspecto, es decir aún más domesticados. En cualquier caso parece que procede una investigación documental nada fácil puesto que el partido político que las promovió hace décadas que no existe; queda en cambio una posible recorrido en las hemerotecas a partir del 20 de mayo de 1936, acaso en El Debate y el ABC, los periódicos que quizá estuvieran más próximos a la CEDA. En cuanto al ayuntamiento de Burgos en teoría sería más fácil la investigación, si no se hubiera destruido en la guerra civil, sin descartar claro está la consulta de hemerotecas locales, o tal vez testigos si alguno queda vivo todavía.

Así pues quedan abiertos tres temas de interés en la actual andadura castellana de notable importancia:
1º) El movimiento cantonal en Castilla
2º) El foralismo castellano en el pensamiento y política carlista de los siglos XIX y XX
3º) El estatuto de autonomía castellano en la Segunda República.


No quedan pues sino los merodeos por hemerotecas, cual rata de biblioteca, las consultas a los historiadores amigos y conocidos, las tesis doctorales, los artículos de revista y otras fuentes de imposible enumeración.


RES

viernes, 1 de abril de 2016

Sobre el Origen de Fueros y Privilegios

Publicada en enero de 2016 en


http://voz-castellana.blogspot.com.es/2016/01/sobre-el-origen-de-fueros-y-privilegios.html
El fuerismo del siglo XIX y posteriormente el nacionalismo vasco sostuvieron la teoría de que los fueros derivaban de las libertades ancestrales y de los usos jurídicos espontáneos de los vascos de tiempos inmemoriales y que los señores y los reyes no hicieron otra cosa que confirmarlos porque así se les exigía como requisito para aceptar su autoridad. En rigor, esta visión idealizada y mítica de los fueros surgió en el seno de la pequeña nobleza derrotada por la alianza de la corona castellana y las villas a finales del siglo XV.
Jon Juaristi. Historia Mínima del País Vasco.


Para hallar el origen de las "asimetrías"  conocidas como fueros, debemos remontarnos hasta la Edad Media. En aquella época no existía el concepto de igualdad ante la ley que disfrutamos actualmente, y los monarcas y demás señores feudales concedían a voluntad mercedes y regalías a individuos, grupos sociales y territorios.  

Esta forma de proceder tiene su justificación. Y es que a pesar de sus amplios poderes y la discrecionalidad para utilizarlos, los reyes medievales rara vez tenían motivos para sentirse seguros en sus tronos. Estaban expuestos a que cualquier intriga palaciega, conjura nobiliaria o guerra desafortunada les dejara a ellos y a sus descendientes sin corona, y puede que también sin vida. Y ni que decir tiene que mantener ambas era el objetivo principal, cuando no el único, de todo soberano.

Por ello resultaba normal que con frecuencia buscaran ganarse  la lealtad de individuos y colectivos concediéndoles privilegios como títulos, rentas, y exenciones. Así, la regla básica a la hora de distribuir prebendas era que cuanto más se manifestase la debilidad del rey y más estratégica resultara la cooperación de determinados súbditos, mayores ventajas arrancaban estos.

Naturalmente, los beneficiarios no solían explicar el asunto de manera tan descarnada, sino que procuraban adornar la historia y pintarla con tintes heroicos y legendarios. Si la época se prestaba a ello, incluso echaban mano de la mitología. Tal es el caso de  Jaun Zauría, el fabuloso primer señor de Vizcaya, al que con objeto de ensalzar la posición de sus presuntos sucesores, algunos cronistas querían  hacer hijo de un duende y una princesa escocesa. Ya a mediados  del siglo XIX,  "El Vigilante Cántabro", contrario al mantenimiento de los fueros vascos, se expresaba así:
¿Quien ignora ya que el origen que se les atribuía fue lanzado al país de las fábulas desde fines del siglo pasado? ¿Que se fundaba en narraciones de autor de cuentos ridículos de duende íncubo, que sacó gravida a una princesa errante, como las hadas, en las altísimas montañas vascongadas, y que las olas habían lanzado a sus costas? En el reinado de Carlos III algunos sabios de la Academia de la Historia desmoronaron este edificio levantado sobre los duendes y las hadas; en el de Carlos IV acabó de venir a tierra; y en las dos restauraciones de Fernando VII brilló sobre sus ruinas la luz de la sana crítica y de la verdad; poniendo fuera de combate las exageradas pretensiones de los que se atribuían el origen de los fueros a una soñada e imposible independencia y soberanía. 
Besamanos de las Juntas de Vizcaya a Fernando el Católico en 1.476, tras la jura de los fueros. Obra de Vazquez de Mendieta (1.609)

No siempre los privilegios se concedían a cambio de lealtad militar. También las peculiaridades  de una zona animaban a los soberanos a hacerlo. Por ejemplo, es conocido que los habitantes de Leitariegos estaban exentos de tributos y servicio militar a cambio de mantener una hospedía para los viajeros que atravesaban el puerto, así como de salir a buscar a los que se perdieran durante alguna de las frecuentes nevadas.  El escritor y filólogo vasco Jon Juaristi describe así la situación:
Los fueros medievales son privilegios concedidos por los reyes y por los señores a villas, estamentos y comarcas, por motivos diversos y con diferentes propósitos. Hubo fueros para hidalgos y fueros para villanos, fueros para estimular determinadas actividades económicas o para impedirlas. Las fundaciones de villas iban generalmente acompañadas del otorgamiento de un fuero a sus moradores, porque la economía de las villas representaba una fuente de ingresos fiscales para la corona y los señores, mientras la pequeña nobleza que dominaba los campos estaba exenta de impuestos. 
Refiriéndose en concreto al País Vasco y Navarra añade:
Además de los fueros  de villas, existían en la Vasconia medieval fueros estamentales (de hidalgos), corporativos (de ferrones y mareantes) de castas (fueros particulares para judíos o mudéjares), eclesiásticos, etcétera. Lo característico del entramado jurídico medieval fue una enorme dispersión. No hay  nada parecido a una legalidad uniforme. El llamado fuero viejo de Vizcaya, que regía en la tierra llana, era un fuero de hidalgos, de codificación tardía (siglo XV) y, por supuesto, no se aplicaba a los labradores, que carecían de privilegios. Hasta las codificaciones forales del siglo XIV no existieron fueros provinciales, los llamados fueros nuevos que, como se verá, tienen carácter y función muy distintos de los privilegios medievales.
Y en lo concerniente a las juntas de gobierno de Vizcaya, Guipúzcoa o Álava, que tienen su origen en esa misma época:
Las instituciones representativas de los territorios aparecen históricamente en conexión directa con la conflictividad derivada de la dispersión foral. La visión romántica del fuerismo decimonónico contemplaba una Vasconia anterior a la Edad Media organizada en aldeas o "repúblicas" independientes cada una de las cuales se regia por su propia junta o "biltzar". Sobra decir que tal visión carece de fundamento. Las juntas no son anteriores al siglo XIV, y surgieron al mismo tiempo que otras estructuras afines en Europa occidental.
En cualquier caso, con el matrimonio de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón  cambiaron muchas cosas en España. El rey Católico impuso la política exterior propia de sus reinos patrimoniales, para los cuales el principal enemigo era desde hacía centurias Francia. Castilla y la poderosa Francia, hasta entonces  aliados, se verían así arrastradas a dos siglos de continuas guerras. 

Cataluña y Vasconia, donde se encuentran los principales pasos para atravesar los Pirineos, se convirtieron en zonas estratégicas de primer nivel. Y fueron consiguientemente mimadas por los monarcas, para los que una rebelión en estos territorios, que inmediatamente recibiría el apoyo militar y económico del vecino francés, suponía la peor de las pesadillas. Por contra, una fuerte lealtad de sus habitantes, aunque fuera comprada a precio de oro, facilitaría tanto la defensa de la península en caso de invasión, como las expediciones a territorio enemigo.  

Las instituciones de Cataluña comprendían perfectamente las enormes ventajas que les ofrecía su situación geográfica. Se pone de manifiesto en un panfleto catalanista de 1.697 conocido como "Luz de la Verdad", en el que el protagonista, un tal Joan Roca, hace una encendida defensa de los privilegios de los que gozaba su tierra. Ante las quejas de sus compañeros por el diferente trato fiscal, compara a Cataluña con una muralla, en la que es justo y conveniente gastar el dinero del Estado, por mucho que no se reciba nada de ella: 
¿De qué aprovecha el muro a la ciudad? Mucho. ¿Qué saca la ciudad dél? Nada, antes gasta en conservarlo y con todo le es de provecho. ¿Por qué? Porque la defiende, pues así Catalunya por España, que aunque Magestad no sacase cosa della y gastase en conservarla, le es de provecho, porque es el muro de España.
He aquí pues la causa principal de que, al mismo tiempo que los fueros y particularidades  de la mayor parte de España languidecían y desaparecían, los de Vasconia y Cataluña se renovaran, reforzaran y adquirieran  mayor lustre y protagonismo. Naturalmente, y siguiendo esa misma lógica, cuando  Francia dejó de convertirse en el enemigo por antonomasia,  carecía de sentido la metáfora del muro. Y más aun cuando los ideales de la Ilustración y del liberalismo se extendieron, acorralando y eliminando las rémoras feudales, de las cuales una de las más sangrantes era la desigualdad legal de personas y territorios. Los países europeos fueron racionalizando su administración y equiparando la situación legal de sus ciudadanos y provincias.

Ilustración del diario republicano barcelonés "La Madeja Política". Una España revolucionaria tala el árbol de los fueros, que tiene la cara del pretendiente carlista y las raíces "Absolutismo", "Intolerancia" y "Fanatismo".
Pero naturalmente, y como cabía esperar, los beneficiarios hispanos de los privilegios se resistían con uñas y dientes a desprenderse de ellos. Después de siglos gozando de determinadas ventajas, nadie les iba a convencer de que éstas ya no tenían sentido.  Presentaron los fueros como derechos ancestrales, de origen cuasi divino, con preeminencia sobre cualquier otra legislación, y por tanto, absolutamente blindados e intocables. Que las desigualdades pudiesen suponer graves perjuicios o  evidentes agravios comparativos para con los vecinos era lo de menos. 

Sirva como ejemplo la situación del puerto cántabro de Castro Urdiales, cuyos comerciantes debían pagar impuestos a la importación de mercancías de los que sus competidores vizcaínos estaban exentos. Así rezaba una petición que los habitantes de la localidad elevaron a las Cortes
Los que suscriben, vecinos de Castro Urdiales, verían con honda pena la subsistencia y continuación de los privilegios de las provincias vascas. Hagan los representantes de la Nación que concluya de una vez para siempre el organismo y modo de ser de esas provincias y que igualándolas con las demás de España coadyuven a sobrellevar las cargas del Estado en la misma proporción. 
No es sorprendente que a lo largo del siglo XIX la defensa del fuerismo  encontrara eco y apoyo en los partidos españoles más refractarios a la modernidad: conservadores y carlistas Precisamente los que más se oponían a la libertad y la igualdad que preconizaban liberales y republicanos.   

Sin embargo, no puede decirse que aquella linea de argumentación, pese a estar basada como hemos visto en mitificaciones, inexactitudes y manipulaciones, no haya resultado tremendamente exitosa. Aun hoy se mantienen  privilegios en forma de concierto vasco y navarro. Y a juzgar por el interés con el que algunos, sobre todo desde Cataluña, pretenden convencernos de las "bondades" del federalismo asimétrico, no sería de extrañar  que, antes que desaparecer, dichos privilegios se extendieran a otras autonomías. Sobra precisar en que comprometida situación quedarían entonces los territorios "de segunda"... entre los que mucho nos tememos habrían de incluir a Castilla.

sábado, 12 de abril de 2014

Sobre el debate de las Cortes y Cataluña

Publicado en http://tierradeuceda.blogspot.com.es/2014/04/sobre-el-debate-de-las-cortes-y-cataluna.html
En esta ocasión, como acostumbro, voy a dar otra visión totalmente distinta de la mantenida por los diputados del Congreso y voceada por los distintos periódicos nacionales. Estoy de acuerdo en reglas generales con el veredicto de las Cortes al tema catalán, pero no con los argumentos que se han afirmado para sustentarlo.
El Presidente del Gobierno ha dicho una serie de frases cuanto menos curiosas: "No existen las soberanías regionales, provinciales ni locales", "No podemos ir contra las leyes".
"No existen las soberanías regionales"
Vayamos a los principios, y permítanme les obvie la munición de fogueo, yendo directamente a munición real. Quienes hoy se abrazan como amantes al respeto a la legalidad vigente actual son los herederos de quienes la violentaron en grado sumo en 1812. Me explico. España como concepto geográfico es toda la Península Ibérica. El actual Reino de España, como concepto político, es una realidad histórica que resulta de una serie de procesos convergentes entre diversos reinos fruto de la Reconquista. Reinos, por supuesto, soberanos (en cuanto a la soberanía del Príncipe que los regía). Quiere esto decir que la Monarquía Hispánica (origen político de España, porque no existe otro, duela a quien duela) es la consecuencia de un proceso de carácter federativo donde cada reino conservó sus leyes e instituciones, algo que es incuestionable. En este sentido se hace difícil (por no decir imposible) asumir que la realidad posterior (la Monarquía Hispánica, o peor aún, el Estado-Nación surgido en 1812) tiene preeminencia sobre las realidades fundacionales o federativas (es decir, más antiguas y que dan fundamento a la posterior). Vamos, que no. Lo siento mucho, pero no. Solamente basta con echar la vista atrás al proceso de construcción del Estado (o de cementación del concepto político de España) para darse cuenta de que efectivamente los cuerpos federativos fundacionales (los reinos) tienen todo el derecho del mundo, en tanto que pueblos depositarios de una cultura y una identidad, a formar parte voluntaria de un Estado o a dejar de formar parte del mismo cuando les plazca. Por tanto, no es que exista la soberanía regional, sino que lo que existe es la soberanía de los pueblos. Hay regiones que no son "pueblos", ejemplos de ello tenemos los pegotes administrativos de Francia (Languedoc-Roussillon o Centre) y Alemania (Rheinland-Pfalz) o en la propia España las estupideces administrativas de "Castilla-La Mancha" o "La Rioja", por poner ejemplos.
Carta de España en 1695
España, Hispania o la Península Ibérica es una realidad histórica formada por un conjunto de pueblos. Evidentemente, existe una cosmovisión peculiar en los pueblos hispánicos fruto del propio confinamiento geográfico y las relaciones históricas entre pueblos de la Península. Esa ligazón es lo que permite la creación de esa comunidad hermanada de intereses y sentimientos que llamamos España. Pero cuidado: no existe la "cultura española", ni el "idioma español", ni ninguna de esas estupideces. Existen las culturas españolas, y los idiomas españoles. Del mismo modo que no existe la "cultura británica", ni el "idioma británico", sino que existen las culturas e idiomas inglés, galés y escocés, que en conjunto son la realidad británica, pero dicha realidad no existe como algo unívoco. Ello es debido a que el proceso de formación del Reino de Gran Bretaña es similar al del Reino de España, de matriz federativa.
"No podemos ir contra las leyes"
Es muy graciosa esta frase, máxime viniendo de los herederos de aquellos que liquidaron las Leyes Fundamentales de las Españas en 1812 sin legitimidad alguna. Pongámonos en situación. Unos señores (sin duda principales e intelectuales de las diversas zonas) se reúnen y, dado el estado de tribulación y guerra reinante en el país, se articulan como Junta Central de Defensa para organizar la resistencia al invasor y planificar las operaciones militares en ausencia de Gobierno y del Rey. Hasta ahí todo bien, ya que inicialmente el objetivo era ganar la guerra y cesar en sus cometidos autoasumidos a la vuelta del orden legítimo (que guste o no, era el legítimo). En este sentido la Junta Central ejerce al principio una suerte de "servicio transitorio al Rey ausente", lo que es admirable. 
Cortes de Cádiz, 1812
Sin embargo, el problema surge cuando esos principales reunidos deciden, en ausencia del Gobierno legítimo y del Rey, derogar absolutamente todas las Leyes Fundamentales de la Monarquía y destruir legalmente el Estado, promulgando una Constitución (¿En base a qué derecho, si no habían sido votados por nadie?). Es decir, una serie de principales del Reino se arrogan voluntariamente la representación del mismo sin que nadie se la haya otorgado, ni el Rey ni el pueblo español (sugiero al lector que reflexione sobre el escándalo y la antijuridicidad de este hecho), y deciden ejecutar una maniobra de implosión derogando todas las Leyes Fundamentales del Reino. El problema es que, en efecto, una reunión turbulenta, como decía Jovellanos, o unas Cortes ilegítimamente convocadas y cuyos representantes no son elegidos por los reinos porque España estaba invadida y en guerra, se autoconfieren el poder para derogar todo el orden vigente hasta entonces, "en nombre de la nación española" (nación que andaba degollando franceses y a la que reitero nadie había preguntado nada).
Pues bien, los herederos de quienes cometieron tamaño desafuero están hoy sentados en el Congreso de los Diputados, y son los que dicen frases hipócritas del tipo "no podemos ir contra las leyes". Se olvidaron de decir "salvo cuando éstas no nos convengan". El Estado Liberal surgido en 1812 se configura hoy en día como una suerte de "Dictadura de la Ley", donde ésta ya no protege sino que coacciona, se aprueban leyes a diario sin el concurso del pueblo y en multitud de ocasiones contra los intereses del país, ya que los encargados de aprobarla son, en efecto, dignos herederos de quienes lo quebrantaron todo hace dos siglos. El Estado Liberal es quien aprueba hoy una Ley que dice "prohibido está llevar bigote" y mañana afirma "dentro de la Ley, todo, fuera de la Ley, nada". La Ley es efectivamente estúpida, pero es Ley. Y así andamos los españoles, cada vez más allanados jurídicamente ante todas estas barbaries que cercenan las libertades naturales de los hombres y los pueblos.
José Manuel Sanz

Non vnvs svfficit orbis / Un orbe no es suficiente